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~ Lecturas latentes. Literatura erótica. Relatos para palpitar

Archivos de etiqueta: relato erótico

La reina

25 viernes Jul 2014

Posted by mariettamuunlaw in Erótico, Erotismo, Relato erótico

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amor fugaz, cuento erótico, Erótico, erotismo, literatura erótica, relato erótico, sexo oral

Relato de RGiskard

Se aproximó al hombre con una lujuria contenida desde hacía tiempo. Era su primera vez y él se encontraba como había solicitado: atado y sin posibilidad de usar las manos, para que fuese ella la que pudiese tener el control en todo momento.

Pintura de Guillermo Lorca

Comenzó lamiendo su cuerpo, observando como él cerraba los ojos mientras su lengua le recorría despacio y la saliva iba dejando un reguero a medida que se aproximaba a la entrepierna del macho, que ya se encontraba caliente fruto del trabajo que sus extremidades realizaban al mismo tiempo.

Sintió un brote de satisfacción y orgullo, cuando él no pudo evitar emitir un gemido al sentir el miembro atrapado por su boca. Sabía que lo estaba haciendo bien, pese a que le habían dicho que la primera vez era difícil conseguirlo.

Guillermo Lorca

Comenzó una serie de movimientos envolventes con la lengua y los labios, destinados a incrementar el priapismo de su presa, al tiempo que, tal y como le habían explicado, jugueteaba con el ano del muchacho provocando en este una erección más firme e intensa.

Por fin, cuando se dio cuenta de que le faltaba poco para perder el control, se montó sobre él. De un certero golpe introdujo la polla en su interior y la aprisionó entre sus paredes, comenzando una danza circular que llenó la estancia de placer y vicio.

Él la miraba asombrado, y una lágrima comenzó a rodar por su mejilla, haciendo de contrapunto a los jadeos que emitía. Con la lengua lamió la gota antes de que resbalase fuera de la piel. El sabor salado la excitó aún más.

Susurró palabras de calma y placer, mientras comenzaba a rodear su cuello. Era un truco que no todas conocían, pero que como alumna aventajada había aprendido. La falta de oxígeno provocaría un aumento de la erección y, esperaba, una mayor descarga.

Sintió la pre eyaculación calentando su interior, y se movió con más intensidad pero menos control. Estaba cerca del momento y quería disfrutar por completo de las sensaciones de esa verga pétrea, poseyéndola de una manera que nunca hubiese imaginado; del vigor de la potencia viril; y de esa excitación que produce el sentirse completamente invadida.

Guillermo Lorca

Apretó más el cuello, centrándose en su nuca y buscando el cerebelo. La ausencia de aire en los pulmones hizo que su amante la penetrase con más intensidad y violencia. Sus caderas la golpeaban sin control y sentía sus testículos, repletos del preciado líquido, chocando contra ella.

Por fin el momento llegó. La eyaculación se desbordó y la lleno por completo. Había escogido bien para ser su primera vez. Aquel era un macho joven y su potencia había justificado la elección.

Observó su agitada respiración que se intercalaba sin parar con numerosas toses, y sin darle tiempo a reaccionar arrancó su cabeza y la devoró. Le habían dicho que el cerebro del ser humano era delicioso y pudo comprobar la certeza de la afirmación.

Pintura de Guillermo Lorca

Mientras volvía a la colmena no echó la vista atrás. Las proteínas del semen del hombre alimentarían los miles de huevos que criaba en su interior y que permitirían la conquista del resto del planeta en un breve espacio de tiempo.

A fin de cuentas ¿Para qué se conquista otro planeta si no es para aprovecharse de la materia prima que en él se haya?

 

 

 

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El amor está borracho

04 viernes Jul 2014

Posted by mariettamuunlaw in Cuento Erótico, Literatura erótica, Realismo sucio, Relato erótico

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amor sucio, cuento erótico, Erótico, erotismo, literatura erótica, pornografía literaria, Realismo sucio, relato erótico

Relato by Marietta Muunlaw

Mi particular y humilde homenaje a Charles Bukowski y a su realismo sucio.

Retrato de Bukowski

Amalia era una puta que pasaba los cincuenta años y los noventa kilos. Menuda, oronda y algo marrana, ya apenas contaba con clientes y los que tenía le pagaban con botellas de whisky. Porque Amalia le daba a la bebida para que su mundo le fuera más confortable.

Aquella noche se había acabado la última gota de la última botella y creía que sería la última noche de su vida como no consiguiera bebida. Eran las dos de la madrugada y ya no había nada abierto y aunque lo hubiera, no le quedaba ni un duro.

Pintura de Lucian Freud

No estaba lo suficientemente borracha como para caer sobre el colchón y morir hasta el medio día y, lo que era peor, su mente aún era capaz de dictarle lo mal que le había ido en la vida. Se sentó frente al televisor y se engañó bebiendo vino barato de cartón, de ese que había quien no era capaz de usarlo ni para cocinar.

Llamaron a la puerta y, arrastrando los pies, fue a ver quien cojones era.

El del segundo b, un escritor borracho y drogadicto cuya vida iba aún peor que la suya.

–Mi querida Amalia, bella entre las bellas, vengo a comerte el coño –iba tan bebido que deformaba las últimas sílabas alargándolas.

–Lárgate Chinaski, ni en tus cuentos más guarros follabas hoy.

El escritor se había plantado frente a su puerta con una bata de invierno oscura, sucia y repleta de bolas; sin nada debajo. Era incapaz de mantenerse recto por la cantidad de alcohol que debía de correr por sus venas y se apoyaba en el quicio de la puerta para sostenerse. Venía descalzo y entre las abotonaduras de la bata sobresalía su endiablado percebe púrpura y palpitante pidiendo candela. Amalia lo miró de arriba abajo deteniendo sus ojos en aquel pollón que parecía avivarse con las borracheras. Pero aquella noche solo le apetecía beber, no follar, ni siquiera por caridad.

Ilustración de Andrés Casciani, inspirada en los escritos de Bukowski

–Venga, Amalia, sé que la has echado de menos –movió las caderas hacia los lados y la polla penduló triunfante, gorda, surcada por una vena negra a punto de reventar. Casi se cae al suelo, pero consiguió anclarse al marco de la puerta.

–No tengo el chocho para farolillos, Chinaski; vete de putas.

–Ni las putas me quieren, Amalia, eres la única princesa que me deja comerle el coño –como elemento triunfal sacó la otra mano que llevaba a la espalda y en la que llevaba una botella de whisky sin abrir, de las medio buenas. A Amalia se le abrieron mucho los ojos y un poco la entrepierna.

–Anda, pasa bribón, pero que conste que no me lavo el coño desde hace dos días y no voy a hacerlo ahora por ti.

–Bueno, yo no me lavo los dientes desde hace… ¿tres años? Puede que más… –sonrió enseñando una dentadura amarillenta y hedionda más digna de un cadáver que de un hombre vivo.

Amalia fue a la cocina y el invitado pudo contemplar la figura carnosa de su vecina embutida en un camisón de raso azul. Llevaba la redecilla de los rulos sobre la cabeza y sin saber porqué se le puso aún más dura. Ella se desplazaba por el pasillo arrastrando los pies y moviendo la grasa de su culo con pereza. Volvió con un par de vasos de duralex rayados donde sirvió el whisky caliente y ambos lo bebieron de un trago. Sirvió otros dos vasos que tragaron algo más despacio, sentados en los sofás hundidos y mugrientos, sin decirse nada.

Ilustración de Andrés Casciani inspirada en los escritos de Bukowski

Luego se fueron a la habitación y se tiraron a la cama deshecha de la que saltaron de mala gana un par de gatos romanos, tísicos y mugrientos . Chinaski le quitó las enormes bragas y le subió el camisón hasta el cuello. Le gustaban sus tetas inmensas y sebosas, aunque si hubiesen sido menudas le hubieran gustado igual. Mamó de ellas como si emanaran alcohol y después se bajó al coño. Tuvo que apartar con las manos la mata de pelo negro, fuerte y rizado que custodiaba aquel agujero del placer, pero, una vez encontrado, se deleitó en las mieles de Amalia, a la que, después de una rato, pareció empezar a gustarle. Cuanto más se mojaba la mujer más cachondo se ponía él, hasta que no pudo más y se la metió de golpe y hasta el fondo sin haberse quitado la bata. Pero por más larga y dura que la tuviese, el coño de Amalia era una cueva sin fin donde podía deleitarse el tiempo que quisiera y con la fuerza que quisiera.

Borrachos los dos, follaron como salvajes y se divirtieron como adolescentes. Entre orgasmo y orgasmo se servían más whisky hasta que cayeron, más ebrios que exhaustos, en un sueño pastoso y profundo.

Despertaron sobre las tres del medio día con truenos en la cabeza, la boca seca y la lengua de lija. Chinaski se puso la bata y se dispuso a marcharse.

–Anda borrachuzo –pidió quejosa Amalia– ponme otro vaso de whisky y méteme ese percebe endiablado que te cuelga entre las piernas una vez más, luego te largas y no vuelvas en tu puta vida.

Él sonrió, le sirvió un vaso que estaba en la mesilla y lo que quedaba en la botella se lo bebió a gallete y de un trago. Fue entrar en contacto el alcohol en su lengua y ponérsele más dura que un palo de escoba. Le abrió las piernas y acabó su tarea.

Sabía que estaba loca por él y que volvería a correrse entre sus carnes fláccidas las veces que quisiera. Solo tendría que llevar whisky.

 

Fotografía de Charles Bukowski

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¿Y qué tal si te erotizas con esto? Mucho sexo, ¿te atreves?:

Capricho de pelo rojo, de Marietta Muunlaw

Cueva de sal, boca de mar

02 viernes May 2014

Posted by mariettamuunlaw in Cuento Erótico, Literatura erótica, Relato erótico

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amor fugaz, cuento erótico, Erótico, erotismo, literatura erótica, relato erótico, sexo en playa, sexo mar

Relato erótico by Marietta Muunlaw

Pintura by Antonio Callau

Llevaba todo el verano cruzándome con ella. Cuando yo iba, ella volvía. Siempre era así. Daba igual a qué hora saliera; retrasara o adelantara el reloj me la cruzaba de frente.

Me gustaba correr, lo hacía por diversos motivos, el primero porque quemaba esa energía interna que bullía en mi interior y de la cual debía desprenderme al acabar el día si no quería que me burbujeara por dentro toda la noche; el segundo porque me relajaba y me hacía sentir bien, física y mentalmente; y el tercero por mera estética. Gracias a que salía a correr a diario tenía el cuerpo musculado y perfecto que tantos buenos ratos me había hecho disfrutar de la compañía femenina.

Tenía la inmensa suerte de vivir en una costa aún sin urbanizar del todo, a través de la cual discurría un camino de tierra, paralelo al mar, ideal para correr durante seis kilómetros rodeado de palmeras y playas vírgenes.

Ella también disfrutaba corriendo, se le notaba en la cara de concentración que ponía cada vez que me la cruzaba. La veía desde lejos, una figura esbelta de piernas largas y carne prieta, coronada con una cola de caballo rubia. Aunque lo había intentado, nunca podía evitar quedarme mirando el bamboleo rítmico e insinuante de sus grandes pechos, como bolsas de agua compactadas bajo un sujetador de deporte de los fuertes – pensé la primera vez. Solo cuando estábamos a menos de tres metros de distancia la miraba a los ojos, que eran del mismo color azul que la bahía al amanecer. Ella me devolvía esa mirada fugazmente, como un regalo, y yo siempre, siempre, me quedaba enganchado a ella.

Vestía mallas negras y cada día una camiseta de algún color llamativo: verde, azul, amarillo o naranja. Era demasiado guapa para soñar siquiera con ella, una diosa sudada que desbordaba erotismo y sensualidad a cada zancada que daban sus delicados pies. Desde lejos parecía como si se desplazase flotando, como si sus zapatillas de deporte no llegaran a tocar realmente el suelo de arena roja.

Durante el verano era normal encontrarse a diario con varias personas haciendo footing por esa zona, pero aquel día era ya mediados de septiembre y los únicos veraneantes que quedaban eran los de la tercera edad y ellos no solían llegar tan lejos caminando.

En mi intento de superación personal había estado forzando demasiado a mi cuerpo y esa tarde me dio una pájara. No pude seguir y tuve que parar. Sabía que me enfriaría si me sentaba pero la tarde llegaba al ocaso y el mar se lucía tranquilo y naranja. No pude evitar sentarme en la playa, apoyado en el tronco de una palmera de dimensiones escalofriantes, descalzarme e introducir los pies y las manos en la arena aún tibia. Miré al horizonte extasiado, respiré la suave brisa que ya traía un ligero matiz oloroso a otoño cálido y escuché con deleite las olas apagadas que lamían perezosas la arena amarilla de la playa.

La luz se fue apagando y yo seguía sin ánimo de levantarme, suspendido entre tanta belleza. No sabía que lo mejor de aquel día, que ya moría, estaba a punto de suceder.

A apenas unos diez metros llegó ella, se descalzó y, después de unos breves estiramientos y unas respiraciones profundas cara al mar, comenzó a desprenderse con lentitud casi mística de la ropa que la cubría. Sus movimientos eran concatenados y fluidos, como si para algo tan cotidiano como desnudarse estuviera realizando una hermosa danza ritual; era su forma natural de moverse por el mundo.

No pondría una mano en el fuego pero estoy casi seguro de que no me había visto, no en ese momento.

Se aproximó despacio a la orilla, totalmente desnuda y, sin detenerse ni un Captura de pantalla 2014-05-02 a la(s) 17.48.01instante a comprobar si el agua estaba fría, introdujo su cuerpo de deidad mística en un Mediterráneo encantado de engullir a semejante beldad. Nadó con brazadas lentas y cuando se zambulló, su culito apretado y perfecto se fundió por unos instantes con los últimos rayos de sol sobre el horizonte.

Me levanté rápido ante lo que creí que era una alucinación, recriminándome a mí mismo el disfrute que me provocaba aquella mágica visión y dispuesto a largarme para no verme envuelto en la agonía de seguir mirando lo que no podía tocar.

Fue cuando creo que me vio realmente, clavó sus ojos azules, refulgentes, en mí y yo me quedé de piedra. Del agua sobresalía tan solo su cabeza, sus hombros y unos pechos flotantes como boyas, cuyos pezones endurecidos también me miraban fijamente.

Cierto que no escuché voz alguna, pero sus ojos me ordenaron un VEN escueto que no admitía un no por respuesta, justo antes de desaparecer bajo la superficie. Jugueteó bajo el agua como los delfines hacen en las playas solitarias en invierno, saliendo y entrando del agua con pequeñas cabriolas de ángulos curvos. Sin duda me incitó a sumergirme en su juego y no fue difícil convencerme dado mi interés por sumergirme yo en ella.

Me desprendí con torpeza de mi ropa deportiva y entré en el agua fresca con mi cuerpo hirviendo pero ella no estaba. La busqué con la mirada pero el mar la había engullido. Iba a sumergirme para buscarla temiéndome lo peor cuando unos brazos delgados rodearon desde atrás mi torso en un abrazo firme. Pegó a mi espalda sus maravillosos pechos que se aplastaron contra mi musculatura mientras que sus pezones duros se me clavaban insinuantes en la piel. Sus piernas también me rodearon la cintura y entre mis nalgas sentí el calor chispeante de su intimidad más fogosa. Me mordió el hombro sin piedad y sin permiso manoseo mis pectorales y abdominales, duros como todo mi ser en aquel momento.

Hincó sus uñas en mi carne y sus dientes mordieron mi cuello hasta el punto que creí que me haría sangrar. Yo quería tocarla pero se había agarrado a mi con la fuerza de un parásito que me inoculaba un deseo irrefrenable de ella.

Me lamió la oreja con intensidad y puede escuchar en mi oído interno sus jadeos de animal fogoso…

…

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La voz del alborozo

30 domingo Mar 2014

Posted by mariettamuunlaw in Cuento Erótico, Literatura erótica, Relato erótico, Sin categoría

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amor fugaz, cuento erótico, Erótico, erotismo, lectura erótica, literatura erótica, onanismo, relato erótico, romance

La sensual Janet Leigh en Sed de mal (Orson Welles, 1958).

De Marietta Muunlaw

Sonó el teléfono y, aunque estaba acostumbrada a llamadas de todo tipo, aquel día era tarde y me cogiste con la guardia baja. No te conocía, jamás había hablado contigo ni tan siquiera sabía tu nombre.

Pero la magia de tu voz me rodeó como halo de sensualidad difuminada y yo me quedé dentro, esperando deshacerme en aquella penumbra que me hizo temblar. Tu voz era profunda y ardiente; era, grave, sonora… cálida y embriagadora; penetrante como el rugir de trueno lejano, que se escucha bajo el confort de las mantas en una noche de tormenta.

No supe muy bien qué decir, solo sabía que no quería que dejaras de susurrarme al oído, de acariciarme la oreja con tu aliento húmedo, de meterte dentro de mi por el conducto auditivo. Continuaste hablando. No te entendía, solo escuchaba el torrente de agua tibia que salía de tu garganta como oleaje sereno. Seguías diciéndome algo, ¿qué más daba mientras continuara el hechizo?, mis sentidos estaban atentos a todas las sensaciones físicas que me causaba tu conversación insaciable.

Sin ser muy consciente de ello, una de mis manos se deslizó bajo la falda y…

…

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Cumpliendo deseos

21 viernes Mar 2014

Posted by mariettamuunlaw in Literatura erótica, Relato erótico

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Relato de Erica Jade

Medio desnuda. Sólo mi quimono corto de seda, el que tanto me gusta llevar en casa, y un pequeño tanga me cubren. Satisfecha. Saciada. Con una sonrisa de oreja a oreja porque aún le tengo en casa, y aunque cansado, sé que todavía está listo para algo más de este juego delicioso al que hemos estado jugando las últimas cuatro horas. Ha llegado después de semanas sin vernos con su misma actitud de siempre, pagado de sí mismo y con esa media sonrisa con la que parece estar guardando un secreto, algo que sólo él decide cuándo mostrar. Siempre me recuerda a un niño juguetón y codicioso que guarda su chocolatina favorita para decidir quién se merece compartirla.

Lo he dejado en la cama ronroneando, sin querer levantarse, perezoso, estirándose como un gato, y yo he puesto música tranquila que me resulta muy sensual y con la que a cada suave movimiento de mi cuerpo la seda me acaricia. Estoy preparando un batido de frutas que nos reponga del esfuerzo, pero mis sentidos están tan alerta que me olvido de lo que escucho sintiendo resbalar el zumo de los kiwis que tengo en las manos. Empiezo a cortar en pedacitos, despacio, para alargar la sensación del líquido resbalando entre mis dedos. Noto sus brazos alrededor de mi cintura y por encima de mi hombro le siento mirar lo que hago, cómo juego tocando la fruta y los regueros del zumo se deslizan bañando mi mano con riachuelos verdes.

Pintura erótica de Alexander Shubin

El sentirlo pegado a mí me llena de nuevo de esas emociones de las que mi cuerpo sigue bebiendo y disfrutando. La espera fue tan larga que la vibración corporal no termina de decrecer, se mantiene a un nivel que no somos capaces de disimular. Siento sus manos en mis caderas y su boca en mi cuello, intentando imitar con la lengua el efecto del zumo de la fruta en mis manos. Mi respiración se altera y siento mi boca abrirse, casi pidiendo en voz alta mientras cojo la sandía que tengo preparada. El zumo es rojo ahora, noto el líquido entre mis dedos, de nuevo, a la que vez que siento los suyos aflojando un poco el lazo y abriendo lo único que me cubre. Sus brazos me rodean de nuevo, pero esta vez cada una de sus manos se aventura hasta uno de mis pechos. Se posan, acarician, masajean, pellizcan y por un momento dejo mi tarea, me dejo caer sobre él apenas lo suficiente para volver a concentrarme en sentirle.

Se pega a mí y me giro buscando su boca. Vuelve a regalarme sus besos mordisqueando los labios y jugando un poco con su lengua. Aprovecho que está zalamero para jugar un poco con la fruta que tengo en las manos y meto un trocito de sandía entre nuestros labios. Los dos mordemos, hasta chupamos un poco intentando evitar el desperdicio del zumo pero no es posible y la risa se mezcla con las lenguas y la sandía. Me gira del todo y decide disfrutar del trozo de fruta que aún sostengo, aunque no sabría decir si en ese instante le gusta más la fruta o mi mano pues va lamiendo mis dedos, sujetándolos, mientras va deshaciendo la fruta en su boca y su lengua se encarga de limpiarme despacito, saboreando cada pequeña parcela de piel. Me ha buscado la mirada, esa mirada que me suele hipnotizar, con la que siempre consigue ponerme algo nerviosa, y que me reta esta vez.

Lee el relato completo aquí.

Jadeos en el tren

16 domingo Mar 2014

Posted by mariettamuunlaw in Cuento Erótico, Literatura erótica, Relato erótico

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De Marietta Muunlaw

Jadeando en el tren

Jadeando en el tren

Siempre me ha gustado el traqueteo del tren. Ese movimiento rítmico que se mete en el cuerpo y te acuna desde dentro. Me encanta apoyar la cabeza en la ventana y ver el mundo pasar, como si fuera el resto lo que se mueve, mientras tú permaneces inmóvil. Cuando viajo – especialmente en tren – mi mente también se desplaza para mostrarme nuevas historias que escribir.

Ese día se me mostró una muy clara y, por supuesto, me mojé. Había visto a un muchacho, bastante más joven que yo, esperando frente a mi a que llegara el tren. Era alto y fuerte, tenía pinta de deportista de gimnasio. Vestía de gris, ropas cómodas de algodón, y escuchaba música. Me miraba de reojo. Yo leía haciendo caso omiso, pero su boca de princesa de cuento, sonrosada, brillante y ávida, me llamó la atención.

Lo desnudé con la imaginación y pensé en lo mucho que podría enseñarle a ese yogurin, potente y sediento de sexo, las delicias que había aprendido en mis viajes  exóticos. Puedo oler la testosterona a kilómetros y ese chico la destilaba.

Allí, apoyada en la ventana del vagón cuatro, mi mente volvió a su cuerpo, a desnudarlo con parsimonia, a recorrer con mis manos blancas la musculatura de su espalda; con mi lengua su oreja; con mis labios su príapo duro como madera joven. Mi imaginación se quedó allí, arrodillada frente a él, agarrando con las uñas su trasero y apretándolo como masa compacta, atrayendo hacia la profundidad de mi boca su carne endurecida. Succioné con fuerza, él se dejaba hacer  – faltaría más, era mi ensoñación, – y se lamía los labios mientras sus ojos se cerraban mostrándome un gesto de placer absoluto.

Cuando noté que me estallaría paré, pretendía torturarlo, dejarle indefenso ante el placer inminente que no llegaría, no en ese momento. Pero no soy tan mala. Lo senté de un empujón en el asiento del tren. Me subí la falda hasta la las caderas y me desprendí del tanga negro, apenas una tira de tela y caro encaje.

Me senté sobre él dándole la espalda. Él introdujo sus manos grandes, de dedos gruesos bajo mi blusa y me acarició los pechos abundantes y pesados. Me pellizcó los pezones mientras restregaba mis pétalos húmedos contra la longitud de su tallo sin tenerlo aún dentro.

Sus manos abandonaron el escote y marcharon a la cintura, en la que se agarraron fuerte para elevarme como si no pesara nada. Con gran maestría me volvió a bajar sobre sí, encajando a la perfección su erección con mi hueco de los deseos. Me dejó caer y la gravedad hizo el resto. Un frenesí loco se apoderó de mí, que empecé a saltar sin mesura ni prudencia, sobre su órgano más potente. Gemíamos y de su boca emanaba un resuello cálido que me acariciaba el cuello cada vez que la penetración llegaba a su punto álgido.

Yo saltaba como poseída contra él y…

…

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¿Repetimos?

07 viernes Mar 2014

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Relato de @rgiskard1

Es de noche. Hace rato que la luz del sol nos abandonó y fue sustituida por esa oscuridad de la que somos cómplices, tan solo rota por el centelleo de unas velas que reflejan las sombras de tu figura, danzando en la pared de la habitación.

Hace un momento que dejaste deslizar tus ropas por tu cuerpo, cadenciosamente. Sin aspavientos. Te deleitabas mirando la lujuria reflejada en mis ojos, creciente a medida que desaparecía la tela que te cubría.

“Mira y no te muevas”.- me habías dicho. Y yo, obediente, permanecía inmóvil, notando cómo la excitación se iba apoderando de mi por momentos.

«De carne y sexo» pintura del chileno Christian Zamora Rojas

Te acercas despacio y te sientas sobre mis piernas. La tela del pantalón no impide que note tu incipiente humedad, y disimula de mala manera la erección que oculta. Cruzas los brazos alrededor de mi cuello y me susurras al oído “No me toques todavía”. Comienzas a besarme. Con besos cortos al principio. Besos livianos, casi frágiles, que me permiten degustar el sabor y el tacto de tus labios.

Mis manos permanecen estáticas, pero en estado de excitación. Tus pechos se pegan a los míos, permitiéndome gozar de su consistencia y tacto.

Los besos han traspasado la barrera de las bocas, y nuestras lenguas se enredan y desenredan en un bucle, alternándose con pequeños mordiscos y aprisionamiento de labios.

Haces resbalar tus brazos, hasta alcanzar mis manos y las llevas hacia tus nalgas. Las aprietas por encima y respondo agarrando tu culo.

Arqueas la cabeza, al tiempo que te aproximas más a mi, notando la verga que esconde el pantalón. Te mueves ligeramente a su alrededor, cuando mi boca se apodera de tu cuello y lo besa con lascivia y pasión.

Sujetas mi cabeza mientras vuelves a besar mi boca. Mis manos ascienden por tu cintura, con los pulgares hacia dentro, hasta llegar a la altura de tus senos. Juego a la vez con ellos y con tu espalda, gozando de la tersura de tu piel. Tus pezones se han endurecido al contacto con la yema del dedo, que los presiona y mueve en círculos.

Comienzas a desabrocharme la camisa. Tienes paciencia y te lo tomas con calma, dejando resbalar tus dedos por el vello corporal. Retiras la tela parcialmente, aprisionándome los brazos y limitando mis movimientos. Mis manos se sienten huérfanas de ti cuando desplazas tu lengua por mi cuello. Quisiera atraerte y abrazarte fuerte, pero no puedo si no ansiarte y gemir, hasta que, finalmente, me liberas de esa prisión, quintándome toda la camisa.

Te atrapo y vuelvo a besarte. Con una mano sujeto tu nuca. Con la otra acaricio, estrujo y aprisiono tu trasero. Notas mis dedos, buscando todo tipo de contacto. Moviéndose indistintamente por las nalgas, la espalda y los muslos.

Te desligas de mi beso, y buscas el cierre del pantalón. Bajas la cremallera y liberas mi falo, envolviéndolo con tus manos, que inician un suave movimiento longitudinal y ascendente.

Nos incorporamos y, como puedo, termino de desnudarme. Alejo tus manos del miembro y me arrodillo, dejando tu sexo sin protección frente a mi.

Comienzo a besar el pubis. Mis manos se pierden a tu espalda, atrayéndote. Mis primeros besos te hacen dar un respingo y separas tus piernas, permitiéndome avanzar. Mi lengua se desliza con gula, buscando tu clítoris, y paladeando el sabor de tu excitación.

Dejas la timidez a un lado y apoyas una pierna en la silla, dándome pleno acceso. Tus dedos se enroscan en mi pelo, masajeándolo y apretándome.

Juego con todo. Mis labios y mi lengua no dejan rincón sin explorar, a la vez que mis manos te magrean a discreción.

Se te acelera el pulso. Aumentan los gemidos. Tus caderas se mueven al ritmo que marca mi boca y tus manos aprisionan mi cabeza, hasta que finalmente explotas en un orgasmo embriagador. El olor de la cera de las velas, se mezcla con el aroma de tu placer.

Te recojo en brazos, y te tumbo sobre la cama, con las piernas sobresaliendo del colchón y alrededor de las mías. Te como con la vista, mientras permanezco de pie mostrándote toda mi masculinidad.  “Follame” – me dices mientras tu mirada me reta.

Entro en tu interior sin resistencia, y comienzo a moverme con ansia. Te deseo tanto y me he calentado hasta tal punto, que la pasión es irracional. Una de mis manos se dedica a tus senos. La otra eleva una pierna, incrementando la superficie de contacto, mientras mi pelvis se balancea acercándome y alejándome una y otra vez.

Aprietas tu interior, y noto como mi placer va en aumento. “Para”.- gimo.- “Aún no”, pero tú no haces caso de mis súplicas y te enroscas, y aprietas y me ofreces la boca, incorporándote, hasta que no aguanto más y me derramo en tu interior.

Permanecemos así, segundos que parecen horas y minutos que son años. Todavía dentro tuya, rodamos y quedamos en paralelo, disfrutando de los últimos estertores fálicos.

Nos besamos y nos acariciamos con ternura. Durante un largo rato el único lenguaje que se escucha es el de nuestros ojos.  Y el silencio solo se rompe cuando una voz dice “¿Repetimos?”

Si te ha gustado este relato, te gustará también: Tócala

La chica del pelo rojo

14 viernes Feb 2014

Posted by mariettamuunlaw in Relato erótico

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Stephen L. Haynes

Relato del escritor David Fouler

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Su melena cubría toda la almohada, era irreal, flotaba sobre ella como si alguien la hubiese colocado así a propósito, ¿cómo puede algo ser tan hermoso? El capricho de las sábanas esquivas hacía intuir las líneas de su cuerpo desnudo. Mostraban tan sólo lo necesario para sentir como un regalo ese momento previo a que despertase.

Esa fue la primera vez que estuvimos juntos, desde entonces nunca pude olvidar el recuerdo de ese pelo rojo en contraste con su blanca piel, el misterio de esos labios perfectos que conservaban el carmín de la noche anterior y parecían inmunes a mis besos; como si durmiesen en la pureza de un sueño que yo no era capaz de manchar.

Los pómulos de la chica del pelo rojo son dos manzanas de las que nunca te ves saciado, ella lo sabe y se aprovecha de ello para pedirme cosas. ¿Quién no querría mordisquear esos pómulos eternamente?
Una cosa que me gusta de la chica del pelo rojo es que ella me besa los ojos, es extraño, nadie me había besado los ojos, a ella le gustan y cuando hacemos el amor me los besa. Y lo hace despacio, poniendo todo su ser en ello, como si besarme los ojos fuera la mayor prueba de amor.
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Los matices de su lengua

22 miércoles Ene 2014

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 “Uno más uno es 69″ (Raymon Quereau, escritor surrealista francés.)

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Dibujo interpretativo del Kamasutra. India.

Volví a despertarme, esta vez no fue el sol, sino una oleada de placer sosegado que partía de las caricias que Pedro, muy laboriosamente, me hacía con la lengua en el pubis.

Era realmente impresionante la cantidad de matices del placer que Pedro era capaz de arrancarme. En mi duermevela, dejé que siguiera con sus caricias íntimas hasta que el corazón se me desbocó y la sangre se me envenenó de ansia de él. Le aparté de mi y le arranqué los calzones. Para entonces su polla era como un calabacín fresco, enhiesta y dura, terriblemente apetecible.

Me coloqué al revés sobre él, de rodillas; de forma que él quedó acostado bocarriba con la cabeza entre mis piernas y yo, desde esa postura, pude introducir todo su miembro en mi boca y chuparlo a placer, de arriba a abajo, mientras él seguía paladeándome con labios y lengua.

Me gustaba, me gustaba muchísimo y sabía que a él también. Cada vez que su lengua recorría mi clítoris, una descarga de energía placentera  circulaba por mi piel hasta instalarse en mis pezones y electrificarlos. Cuanto más me excitaba, más ganas de succionarle la verga me entraban y más rápido lo hacía; de tal forma que él iba soltado gemidos cálidos que yo sentía en el chocho y así el círculo vicioso se iba acelerando. Cada vez más excitados, nos comimos el uno al otro sin educación ni decoro. Pusimos en el plato manos, lengua y ruido.

Nuestras energías se fundieron tomando fuerza. La polla de Pedro se estaba poniendo tan dura que las venas se le marcaron de arriba a abajo. La mera idea de que me estallara en la boca me desquició; yo misma iba a explotarle a él en la cara.

Y así fue como mis convulsiones internas se tradujeron en las suyas externas. Mientras él paladeaba todo el placer que yo iba destilando, a mi se me llenaba la boca de su más íntima viscosidad, que tragaba y tragaba sin apenas dar abasto. Nos bebimos a sorbos de gozo, el uno al otro, sin tregua, sin descanso. Nos sorbimos el amor que nos sobraba para volver a reciclarlo en nuestros corazones.

Caímos rendidos el uno junto al otro. A veces creía que los excesos de temperatura a los que mi cuerpo se veía sometido por causa de Pedro no podían ser beneficiosos. Pero después me decía que mi cuerpo era fuerte y saludable y que podía aguantar tantos encuentros con Pedro como el suyo aguantara con el mío.

Fragmento del libro CAPRICHO DE PELO ROJO de Marietta Muunlaw que puedes adquirir aquí.

Inocencia

10 viernes Ene 2014

Posted by mariettamuunlaw in Cuento Erótico, Relato erótico

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Etiquetas

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Relato erótico de Marietta Muunlaw.

(Va por ti, primo.)

Captura de pantalla 2014-01-10 a la(s) 23.25.25Todos me decían que era una niña y por edad realmente lo era, pero yo me sentía una mujer. Mientras mis amigas de clase jugaban con muñecas y dormían con peluches, yo miraba a los hombres y soñaba que me arrullaban en sus brazos.

Por supuesto que no sabía nada de sexo, pero comenzaba a interesarme.

Por aquel entonces, mi primo, que me llevaba tres años, era mi mejor compañía, mucho más que la de mis hermanos. Congeniábamos y nos llevábamos bien. Además, vivía dos casas más allá y solíamos ir juntos al colegio y jugar en la calle.

Una soporífera tarde de aburrimiento decidí ir a buscarlo a su casa. Estaba solo viendo algo en la tele.

–       ¿Qué estabas viendo? – le pregunté curiosa.

–       Nada, una peli – contestó evasivo.

–       ¿Qué peli? – insistí.

–       Nada que pueda interesarte, cosas de chicos.

–       Si es de chicos seguro que me interesa.

Conseguí engañarle y quitarle el mando del vídeo. Puse la película y logré entender que no quisiera contármelo. Estaba viendo una película porno, algo que yo ni siquiera sabía que existía. Me quedé con la boca abierta, llena de expectación ante las imágenes obscenas y adictivas que mostraba la pantalla.

–       Haaaala – exclamé – déjame que la vea contigo.

–       Mmmm – dudó, pero sabía lo testaruda que era – Bueno, vale, pero de esto ni una palabra a nadie ¿me entiendes? A nadie.

–       Qué sí jolín, entiendo.

Yo por entonces creía que hacer el amor era meterse un hombre y una mujer entre las sábanas, restregarse y darse unos cuantos besitos, pero aquella película me abrió los ojos a un mundo apasionante.

En la tele se mostraba cómo la mujer le comía un pene descomunal a un hombre totalmente depilado. Me moría de la curiosidad y, como teníamos confianza, quise saciar mi curiosidad haciéndole preguntas a mi primo.

–       Oye ¿tú la tienes así?

–       ¿Así cómo?

–       Así de grande y de pelada.

–       ¡Qué va! Los actores porno siempre tienen una polla gigante, los tíos normales la tenemos más… normal. Además, a mi aún me tiene que crecer. Y pelada… no, pero tampoco tengo mucho pelo ahí, todavía.

–       Oh ¿y qué le va a hacer ahora él?

–       Le va a comer el conejo, a las tías parece que les gusta mucho, o eso parece en las pelis ¿Ves? Mira qué cara pone y cómo gime.

–       Me están entrando cosquillas ahí – reconocí abiertamente con toda mi inocencia.

–       Sí, a mi también – contestó él, también inocente.

–       ¿Y ahora? ¿Qué hacen? – no me podía creer que lo que sucedía en la pantalla. El hombre metió su polla en el conejo de ella, era algo… totalmente nuevo para mi.

–       Pues están follando, haciendo el amor, eso es lo que hacen los mayores por las noches.

–       ¡Qué fuerte! ¿No?

–       Les gusta mucho, debe estar guay.

–       Sí, debe ser muy chulo. ¿Tú has hecho eso? – me parecía que sabía demasiado del tema.

–       ¡Qué va! ¿Cómo voy a follar yo a mi edad? Eso es cosa de mayores, lo que pasa es que he visto la peli varias veces. Se la pillé a mi hermano, pero no digas nada ¿eh?

–       Que noooo, pesado.

Me estaban entrando unas cosquillas tremendas entre las piernas, era algo radicalmente nuevo. Me dieron ganas de tocarme, pero me contuve. En el fondo deseaba ser yo la mujer de la pantalla, notar cómo me penetraba una polla así de grande y poner las mismas caras de placer que ponía la tipa. Fue cuando se me ocurrió la idea. Lo miré  con mi cara de inventar trastadas y se lo pregunté.

–       Oye ¿y si probamos nosotros?

–       ¿Hacer… eso?

–       Sí, no sé, por ver como es.

Vi cómo su cara se desfiguraba un poco, creo que se debatía entre si decirme que sí o que no. Estaba tanteando dentro de su mente si aquello estaba bien o mal. Le di otro empujoncito.

–       Si no nos gusta a alguno de los dos pues lo dejamos y ya está. Parece que a esos de la peli les está molando un montón – le dije persuasiva.

–        No sé tía, es que igual no está bien.

–       ¿Qué hay de malo?

–       Es que en mi clase no lo ha hecho nadie aún.

–       Es que no tenemos que decírselo a nadie.

En ese momento de la película, el hombre penetraba con ansia a la mujer y las caras de ambos eran todo un poema de placer. A los primeros planos de las caras se le iban intercalando planos cortos de la penetración en sí: la polla saliendo y entrando del chocho mojado, así como el movimiento bamboleante de las tetas de ella con cada envestida.

Mi primo miraba la tele, luego a mi. Tiempo después supe que estaba casi tan excitado o más que yo.Captura de pantalla 2014-01-10 a la(s) 23.33.33

–       Venga vale, vamos a probar, pero si te hago daño paramos.

–       Ok, o si te hago daño yo a ti.

Me quité las braguitas y me subí la falda del uniforme del colegio, dejando entrever mi pubis de bello incipiente. Él se quitó los pantalones y los calzoncillos y pude contemplar, por primera vez…

 

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