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Pintura de John Markese

Pintura de John Markese

Volví con el postre y ya no estaba. Escuché un leve acorde que procedía de la habitación del fondo; ese cuarto lleno de trastos, libros y cables donde componía, estudiaba y hacía mi vida en realidad.

Se encontraba sentada en el sofá destartalado que estaba situado bajo la ventana, ese del que había despertado una y mil veces después de una madrugada de intensa creatividad.

Se había desnudado por completo y, con mi guitarra sobre sus rodillas, apoyaba su linda carita de niña revoltosa en su caja de resonancia, como con sueño. La luz de la luna se colaba caprichosa, tamizada por la cortina, e iluminaba su piel blanca de algodón virgen, así como la piel de miel densa del instrumento.

Sus ojos de hielo frío, de un azul de fuego fátuo, evanescentes, me atraparon desde la penumbra.

– Tócala – dijo y su voz, no sonó a su voz, sino a la mía, la que uso para hablarme a mi mismo a diario.

Tócala – repetí mentalmente y no supe responderme a mi mismo si se refería a mi guitarra, como tantas y tantas noches, o a ella.

Ese día perdía el instrumento. Acaricié despacio el contorno suave de la madera fría de la guitarra, pero la miraba a ella y ella me miraba a mi y el deseo le bullía en los ojos. Se le escapó un suspiro apenas imperceptible. Yo notaba el calor tibio de su cuerpo y el sutil aroma que desprendía.

– Tócala – volvió a decir – yo no sé.

Y me seguía pareciendo que se refería a ella misma, pero no, hablaba de la guitarra. Me situé tras ella, y abrazando a ambas, agarré el mástil y las cuerdas. Con mi pecho aprisionando su espalda desnuda, apoyé la barbilla en su hombro y arranqué al instrumento una melodía lenta y sugerente. La música hizo vibrar la caja de resonancia y el cuerpo de ella, como si fueran uno, como si se hubieran fundido.

No supe qué era madera y qué era piel. No supe de quién surgía la música, si de ella o del instrumento. No supe a quién le haría el amor esa noche, si a la chica o a la guitarra.

Me dejé llevar por la magia de la melodía, del vino, de la oscuridad, de su aroma… y toqué lo que ya hoy ni me acuerdo que toqué. Solo sé que un mechón de su pelo dorado me rozaba la mejilla y que su cuello me estaba invitando a una mordida intensa. Sin dejar de hacer la música acerqué mis labios a su hombro y lo lamí como si fuera un manantial de aguamiel. Ella suspiró y se retorció bajo mi abrazo. Deslicé mi boca hasta su cuello dejando un rastro de saliva que me olía a promesa. Mis labios ardientes se encontraron con los suyos, que hervían, si cabe, aún más que los míos. Nos dimos un beso denso y eterno de lenguas perezosas y dientes ansiosos. Mis manos seguían desgarrando las cuerdas en una melodía con sentido, lo sé porque escuchaba la música, pero mi mente andaba perdida, deambulando en la magia de su aliento.

Aliento que me tragaba a borbotones cuando no le insuflaba yo el mío. Sus manos delicadas de dedos finos pero firmes, fueron subiendo hasta mi entrepierna, fue cuando las mías se quedaron mudas. Le fui infiel a mi guitarra, sabía que eso sucedería desde el momento en el que entré en aquella habitación de hechizos contenidos. La dejé en el suelo.

Sin dejar de besar a la beldad de cuello sugerente, deslicé mi mano desde su vientre hasta su secreto húmedo de sal y limón y lo encontré derritiéndose de placer. Gimió, esta vez más fuerte, y se retorció sobre sí misma como una gatita que ronronea.

Pero no era una gata el monstruo que albergaba en su interior, llevaba en el cuerpo una verdadera pantera, ardiente y fogosa, que casi me devora sin dejar de mi más que el dolor del recuerdo de esa noche tan especial.

Se volvió clavándome sus zarpas  y me obligó a tumbarme en el sofá, donde me abrió la camisa de un desgarro que hizo saltar los botones. Me bajó los pantalones y así, ella desnuda por completo y yo medio vestido, me cabalgó como la amazona incansable que era, mientras bebía de mi saliva y me mordía los labios.

Cuanto más se movía, menos hálito me quedaba y más intenso era el placer que me proporcionaba. Empecé a temer por mi agitado corazón, pero pronto entendí que se estaba desbocando para deshacerse de las penas acumuladas durante años.

Mis ojos no se podían desprender de su mirada hipnótica de bruja de las cavernas, esa muchacha no podía ser real y, si lo era, no podía ser de este mundo.

Pensaba esto y su rostro es desfiguró en una mueca extraña y en un abrir de boca desproporcionado. No gritó, lo suyo eran aullidos locos de placer profundo. Un placer que parecía proceder de las mismísimas entrañas de su tierra húmeda.

Pero no se detuvo, en lugar de eso, continuó bailando conmigo dentro, a un ritmo más exacerbado. Y el ritmo de su caja de resonancia me arrancó a mi mismo tremendos espasmos de deleite, que dispararon al interior de su carne latente. Me vertí en su interior y me perdí para siempre.

Fui incapaz de olvidarla. Cada vez que toco la guitarra mis manos recuerdan sus contornos. A veces pienso que toda la música que creo desde aquella noche, es solo para ella.

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