Etiquetas

, , , , , ,

Un pequeño haz de luz se colaba por uno de los ventanucos de la parte más alta del cobertizo, iluminando, como en un espectáculo solo hecho para mi, los tres cuerpos gimientes que se retorcían cual larvas unos sobre otros.

Los cabellos dorados de las condesas refulgían con la luz y sus rosados labios ensalivados brillaban con cada gemido. Sus cuerpos lechosos, propios de las señoritas de alta sociedad, se contorsionaban soeces, aprisionando la musculatura morena y soberbia del muchacho.

Noté como el corazón se me quebraba en el pecho y se resquebrajaba en dos. Por un instante creí que caería muerta al suelo del dolor, pero no ocurrió. Debí haber salido corriendo para no seguir contemplando la escena amatoria que tanto daño me estaba provocando, pero tampoco lo hice. Me quedé allí, impávida y curiosa, embebida del placer que sentían otros.

Supe, por primera vez en mi vida, lo tremendamente poderoso que es el morbo, capaz de superar al dolor más intenso, a la decencia y al respeto por uno mismo y por los demás.

Fui consciente de que podrían descubrirme observando, algo que  podría dar lugar a situación bastante incómoda tanto por mi parte como por la de ellos y, sin embargo esa mera posibilidad me atrajo aún más hacia el espionaje.

Se encontraban los tres tumbados sobre la alfombra de paja. Él arqueaba la espalda con movimientos rítmicos y fuertes mientras abrazaba a una de las hermanas, que no pude saber quién era. La estaba penetrando con fuerza mientras ella lo abrazaba con sus piernas esbeltas y echaba la cabeza hacia atrás en un gesto que reflejaba el placer más absoluto. La otra muchacha estaba totalmente pegada a su espalda, como si de una segunda piel se tratase, siguiendo los mismos movimientos que él y acariciando por igual el cuerpo de su hermana y el de él. Le mordió con fuerza en el hombro y él soltó un gruñido de dolor. Desde mi posición pude comprobar la señal sangrante que los dientes de la mujer dejaron sobre el cuerpo de mi amado.

Cuando la hermana penetrada se derritió en su propio orgasmo, él extrajo de su cuerpo su pene triunfal y enhiesto, iluminado por aquel maldito rayo de luz, y dándose la vuelta lo introdujo con violencia en la carne de la gemela carnívora. Se movió aún más rápido que con la otra, sujetando con una mano las nalgas de la muchacha y con la otra su espalda, atrayéndola hacia él con ávida desesperación.

Ella aprovechó para morderle el otro hombro, esta vez sin soltarlo, y el muchacho echó hacia atrás la cabeza apretando la mandíbula en un gesto de dolor.

La putita penetrada gemía mientras le decía fóllame, fóllame más fuerte, ¿es que no puedes más fuerte?, venga fóllame como tú sabes.

A lo que él contestó con movimientos aún más violentos y bruscos. Algo pasó por su cabeza, porque se salió de ella y la obligó a ponerse a cuatro patas. Sin perder mucho el tiempo volvió a meterle su polla latente, a punto de reventar. Ella abrió la boca inconmensurablemente y soltó un grito ahogado mientras se le torcían los ojos del gusto.

Mi amado penetraba en su carne con una ansiedad impropia de un hombre decente. Si no hubiera sabido cómo eran las hermanas hubiera pensado que aquel acto era una violación en propia regla, pero sabía que el sexo duro era precisamente lo que le gustaba a las condesitas, y él se lo estaba dando.

Tenía que irme, sabía que no debía estar allí y, sin embargo, no pude separar mis ojos de la tórrida escena.

El cuerpo de la chica se tensó y de su boca de fresa se escapó un grito tan fuerte que podrían haberlo escuchado hasta en la estancia más recóndita del castillo. Cuando el chico se aseguró de que la muchacha disfrutaba de los últimos coletazos de placer, él mismo se dejó ir y comprobé cómo se le mudaba el rostro hacia ese gesto tan singular que solía hacer en el momento en el que eyaculaba. Duró al menos diez embestidas y se desplomó respirando con fuerza sobre el suelo, dejando a la otra aún a cuatro patas y jadeante.

Yo seguía mirando, no lo podía evitar, un morbo enfermizo me mantenía estática, sin poder moverme y sin pestañear.

*de la novela: Capricho de Pelo Rojo

Anuncios