Cabello color Marte

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Excelente poema ganador del Segundo Encuentro de Poesía Erótica Poerotic : http://poesiaeroticatwitter.blogspot.com.es/2014/03/ganadores-de-poerotic-en-marzo-2014.html

LetrasDeDos

 

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Ella creía ser una Diosa.
Divina, elegante, presuntuosa
ojos de mar y esmeralda
cabello color Marte
boca gruesa y escarlata
iridiscente piel marfil.

Él tan sólo un mortal hombre
rudo, robusto y viril
pupilas profundas y brillantes
manos ardientes y gigantes
barba y cabello color fuego.

Detrás de sus ojos respiraba
haciendo temblar su espalda de cristal
penetra el aura de la Diosa
deslizándose sedosa entre sus dedos
convirtiendo su orgullo en divino placer.

Las delicadas sedas van cayendo…
Bajan las manos sutiles como aves
por su vientre suave y caliente.
Sus ojos quedan extasiados
al ver que de su pubis nacía el sol.

Sus manos corren por su cuello
tomándola con fuerza del cabello
sus rizos de fuego arden en sus dedos.
Certero e hirviendo la penetra
meciendo a la Diosa hasta los cielos
se hunde firme, ella lo recibe y lo aprieta.

En espasmos y gemidos se…

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Cueva de sal, boca de mar

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Relato erótico by Marietta Muunlaw

Pintura by Antonio Callau

Llevaba todo el verano cruzándome con ella. Cuando yo iba, ella volvía. Siempre era así. Daba igual a qué hora saliera; retrasara o adelantara el reloj me la cruzaba de frente.

Me gustaba correr, lo hacía por diversos motivos, el primero porque quemaba esa energía interna que bullía en mi interior y de la cual debía desprenderme al acabar el día si no quería que me burbujeara por dentro toda la noche; el segundo porque me relajaba y me hacía sentir bien, física y mentalmente; y el tercero por mera estética. Gracias a que salía a correr a diario tenía el cuerpo musculado y perfecto que tantos buenos ratos me había hecho disfrutar de la compañía femenina.

Tenía la inmensa suerte de vivir en una costa aún sin urbanizar del todo, a través de la cual discurría un camino de tierra, paralelo al mar, ideal para correr durante seis kilómetros rodeado de palmeras y playas vírgenes.

Ella también disfrutaba corriendo, se le notaba en la cara de concentración que ponía cada vez que me la cruzaba. La veía desde lejos, una figura esbelta de piernas largas y carne prieta, coronada con una cola de caballo rubia. Aunque lo había intentado, nunca podía evitar quedarme mirando el bamboleo rítmico e insinuante de sus grandes pechos, como bolsas de agua compactadas bajo un sujetador de deporte de los fuertes – pensé la primera vez. Solo cuando estábamos a menos de tres metros de distancia la miraba a los ojos, que eran del mismo color azul que la bahía al amanecer. Ella me devolvía esa mirada fugazmente, como un regalo, y yo siempre, siempre, me quedaba enganchado a ella.

Vestía mallas negras y cada día una camiseta de algún color llamativo: verde, azul, amarillo o naranja. Era demasiado guapa para soñar siquiera con ella, una diosa sudada que desbordaba erotismo y sensualidad a cada zancada que daban sus delicados pies. Desde lejos parecía como si se desplazase flotando, como si sus zapatillas de deporte no llegaran a tocar realmente el suelo de arena roja.

Durante el verano era normal encontrarse a diario con varias personas haciendo footing por esa zona, pero aquel día era ya mediados de septiembre y los únicos veraneantes que quedaban eran los de la tercera edad y ellos no solían llegar tan lejos caminando.

En mi intento de superación personal había estado forzando demasiado a mi cuerpo y esa tarde me dio una pájara. No pude seguir y tuve que parar. Sabía que me enfriaría si me sentaba pero la tarde llegaba al ocaso y el mar se lucía tranquilo y naranja. No pude evitar sentarme en la playa, apoyado en el tronco de una palmera de dimensiones escalofriantes, descalzarme e introducir los pies y las manos en la arena aún tibia. Miré al horizonte extasiado, respiré la suave brisa que ya traía un ligero matiz oloroso a otoño cálido y escuché con deleite las olas apagadas que lamían perezosas la arena amarilla de la playa.

La luz se fue apagando y yo seguía sin ánimo de levantarme, suspendido entre tanta belleza. No sabía que lo mejor de aquel día, que ya moría, estaba a punto de suceder.

A apenas unos diez metros llegó ella, se descalzó y, después de unos breves estiramientos y unas respiraciones profundas cara al mar, comenzó a desprenderse con lentitud casi mística de la ropa que la cubría. Sus movimientos eran concatenados y fluidos, como si para algo tan cotidiano como desnudarse estuviera realizando una hermosa danza ritual; era su forma natural de moverse por el mundo.

No pondría una mano en el fuego pero estoy casi seguro de que no me había visto, no en ese momento.

Se aproximó despacio a la orilla, totalmente desnuda y, sin detenerse ni un Captura de pantalla 2014-05-02 a la(s) 17.48.01instante a comprobar si el agua estaba fría, introdujo su cuerpo de deidad mística en un Mediterráneo encantado de engullir a semejante beldad. Nadó con brazadas lentas y cuando se zambulló, su culito apretado y perfecto se fundió por unos instantes con los últimos rayos de sol sobre el horizonte.

Me levanté rápido ante lo que creí que era una alucinación, recriminándome a mí mismo el disfrute que me provocaba aquella mágica visión y dispuesto a largarme para no verme envuelto en la agonía de seguir mirando lo que no podía tocar.

Fue cuando creo que me vio realmente, clavó sus ojos azules, refulgentes, en mí y yo me quedé de piedra. Del agua sobresalía tan solo su cabeza, sus hombros y unos pechos flotantes como boyas, cuyos pezones endurecidos también me miraban fijamente.

Cierto que no escuché voz alguna, pero sus ojos me ordenaron un VEN escueto que no admitía un no por respuesta, justo antes de desaparecer bajo la superficie. Jugueteó bajo el agua como los delfines hacen en las playas solitarias en invierno, saliendo y entrando del agua con pequeñas cabriolas de ángulos curvos. Sin duda me incitó a sumergirme en su juego y no fue difícil convencerme dado mi interés por sumergirme yo en ella.

Me desprendí con torpeza de mi ropa deportiva y entré en el agua fresca con mi cuerpo hirviendo pero ella no estaba. La busqué con la mirada pero el mar la había engullido. Iba a sumergirme para buscarla temiéndome lo peor cuando unos brazos delgados rodearon desde atrás mi torso en un abrazo firme. Pegó a mi espalda sus maravillosos pechos que se aplastaron contra mi musculatura mientras que sus pezones duros se me clavaban insinuantes en la piel. Sus piernas también me rodearon la cintura y entre mis nalgas sentí el calor chispeante de su intimidad más fogosa. Me mordió el hombro sin piedad y sin permiso manoseo mis pectorales y abdominales, duros como todo mi ser en aquel momento.

Hincó sus uñas en mi carne y sus dientes mordieron mi cuello hasta el punto que creí que me haría sangrar. Yo quería tocarla pero se había agarrado a mi con la fuerza de un parásito que me inoculaba un deseo irrefrenable de ella.

Me lamió la oreja con intensidad y puede escuchar en mi oído interno sus jadeos de animal fogoso…

Puedes leer este relato completo en TRAS LA ESTELA DE EROS. Una recopilación de mis relatos más eróticos y sensuales que te hará palpitar.

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Entera te quiero

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Poesía erótica ganadora (3º) del primer encuentro de Poesía erótica #Poerotic.

“Entera te quiero” by @KiriosLine_

Pintura by Jeffrey Gold

Pintura erótica by Jeffrey Gold

Entera te quiero, Musa,

cama transmutada

silueta,

almohada,

orillas bordadas

riberas ardientes

carne en llamas

boca, escafandra,

brazos con alas.

Musa, te quiero entera

porque eres mi cielo

y yo soy tu Poeta.

Te quiero entera

arco, saeta

tifón, mar, viento,

a veces infierno,

comezón, ardor

fuego,

llama, pasión;

tu Poeta soy yo,

me quemas entero.

Por eso te quiero, Musa,

te quiero entera;

entera te quiero,

escaramuza, celos

verbo, adverbio, letra,

pantaleta, silencio,

humedad, pelos,

sudor, olor, color

de trufa, Musa,

trofeo

para un Poeta

que te quiere entera

y a quien tú quieres entero.

Toda la información sobre el I Encuentro de Poesía erótica #Poerotic, organizado por Alix Pantelix

La voz del alborozo

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La sensual Janet Leigh en Sed de mal (Orson Welles, 1958).

De Marietta Muunlaw

Sonó el teléfono y, aunque estaba acostumbrada a llamadas de todo tipo, aquel día era tarde y me cogiste con la guardia baja. No te conocía, jamás había hablado contigo ni tan siquiera sabía tu nombre.

Pero la magia de tu voz me rodeó como halo de sensualidad difuminada y yo me quedé dentro, esperando deshacerme en aquella penumbra que me hizo temblar. Tu voz era profunda y ardiente; era, grave, sonora… cálida y embriagadora; penetrante como el rugir de trueno lejano, que se escucha bajo el confort de las mantas en una noche de tormenta.

No supe muy bien qué decir, solo sabía que no quería que dejaras de susurrarme al oído, de acariciarme la oreja con tu aliento húmedo, de meterte dentro de mi por el conducto auditivo. Continuaste hablando. No te entendía, solo escuchaba el torrente de agua tibia que salía de tu garganta como oleaje sereno. Seguías diciéndome algo, ¿qué más daba mientras continuara el hechizo?, mis sentidos estaban atentos a todas las sensaciones físicas que me causaba tu conversación insaciable.

Sin ser muy consciente de ello, una de mis manos se deslizó bajo la falda y…

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Cumpliendo deseos

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Relato de Erica Jade

Medio desnuda. Sólo mi quimono corto de seda, el que tanto me gusta llevar en casa, y un pequeño tanga me cubren. Satisfecha. Saciada. Con una sonrisa de oreja a oreja porque aún le tengo en casa, y aunque cansado, sé que todavía está listo para algo más de este juego delicioso al que hemos estado jugando las últimas cuatro horas. Ha llegado después de semanas sin vernos con su misma actitud de siempre, pagado de sí mismo y con esa media sonrisa con la que parece estar guardando un secreto, algo que sólo él decide cuándo mostrar. Siempre me recuerda a un niño juguetón y codicioso que guarda su chocolatina favorita para decidir quién se merece compartirla.

Lo he dejado en la cama ronroneando, sin querer levantarse, perezoso, estirándose como un gato, y yo he puesto música tranquila que me resulta muy sensual y con la que a cada suave movimiento de mi cuerpo la seda me acaricia. Estoy preparando un batido de frutas que nos reponga del esfuerzo, pero mis sentidos están tan alerta que me olvido de lo que escucho sintiendo resbalar el zumo de los kiwis que tengo en las manos. Empiezo a cortar en pedacitos, despacio, para alargar la sensación del líquido resbalando entre mis dedos. Noto sus brazos alrededor de mi cintura y por encima de mi hombro le siento mirar lo que hago, cómo juego tocando la fruta y los regueros del zumo se deslizan bañando mi mano con riachuelos verdes.

Pintura erótica de Alexander Shubin

El sentirlo pegado a mí me llena de nuevo de esas emociones de las que mi cuerpo sigue bebiendo y disfrutando. La espera fue tan larga que la vibración corporal no termina de decrecer, se mantiene a un nivel que no somos capaces de disimular. Siento sus manos en mis caderas y su boca en mi cuello, intentando imitar con la lengua el efecto del zumo de la fruta en mis manos. Mi respiración se altera y siento mi boca abrirse, casi pidiendo en voz alta mientras cojo la sandía que tengo preparada. El zumo es rojo ahora, noto el líquido entre mis dedos, de nuevo, a la que vez que siento los suyos aflojando un poco el lazo y abriendo lo único que me cubre. Sus brazos me rodean de nuevo, pero esta vez cada una de sus manos se aventura hasta uno de mis pechos. Se posan, acarician, masajean, pellizcan y por un momento dejo mi tarea, me dejo caer sobre él apenas lo suficiente para volver a concentrarme en sentirle.

Se pega a mí y me giro buscando su boca. Vuelve a regalarme sus besos mordisqueando los labios y jugando un poco con su lengua. Aprovecho que está zalamero para jugar un poco con la fruta que tengo en las manos y meto un trocito de sandía entre nuestros labios. Los dos mordemos, hasta chupamos un poco intentando evitar el desperdicio del zumo pero no es posible y la risa se mezcla con las lenguas y la sandía. Me gira del todo y decide disfrutar del trozo de fruta que aún sostengo, aunque no sabría decir si en ese instante le gusta más la fruta o mi mano pues va lamiendo mis dedos, sujetándolos, mientras va deshaciendo la fruta en su boca y su lengua se encarga de limpiarme despacito, saboreando cada pequeña parcela de piel. Me ha buscado la mirada, esa mirada que me suele hipnotizar, con la que siempre consigue ponerme algo nerviosa, y que me reta esta vez.

Lee el relato completo aquí.

Jadeos en el tren

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De Marietta Muunlaw

Jadeando en el tren

Jadeando en el tren

Siempre me ha gustado el traqueteo del tren. Ese movimiento rítmico que se mete en el cuerpo y te acuna desde dentro. Me encanta apoyar la cabeza en la ventana y ver el mundo pasar, como si fuera el resto lo que se mueve, mientras tú permaneces inmóvil. Cuando viajo – especialmente en tren – mi mente también se desplaza para mostrarme nuevas historias que escribir.

Ese día se me mostró una muy clara y, por supuesto, me mojé. Había visto a un muchacho, bastante más joven que yo, esperando frente a mi a que llegara el tren. Era alto y fuerte, tenía pinta de deportista de gimnasio. Vestía de gris, ropas cómodas de algodón, y escuchaba música. Me miraba de reojo. Yo leía haciendo caso omiso, pero su boca de princesa de cuento, sonrosada, brillante y ávida, me llamó la atención.

Lo desnudé con la imaginación y pensé en lo mucho que podría enseñarle a ese yogurin, potente y sediento de sexo, las delicias que había aprendido en mis viajes  exóticos. Puedo oler la testosterona a kilómetros y ese chico la destilaba.

Allí, apoyada en la ventana del vagón cuatro, mi mente volvió a su cuerpo, a desnudarlo con parsimonia, a recorrer con mis manos blancas la musculatura de su espalda; con mi lengua su oreja; con mis labios su príapo duro como madera joven. Mi imaginación se quedó allí, arrodillada frente a él, agarrando con las uñas su trasero y apretándolo como masa compacta, atrayendo hacia la profundidad de mi boca su carne endurecida. Succioné con fuerza, él se dejaba hacer  – faltaría más, era mi ensoñación, – y se lamía los labios mientras sus ojos se cerraban mostrándome un gesto de placer absoluto.

Cuando noté que me estallaría paré, pretendía torturarlo, dejarle indefenso ante el placer inminente que no llegaría, no en ese momento. Pero no soy tan mala. Lo senté de un empujón en el asiento del tren. Me subí la falda hasta la las caderas y me desprendí del tanga negro, apenas una tira de tela y caro encaje.

Me senté sobre él dándole la espalda. Él introdujo sus manos grandes, de dedos gruesos bajo mi blusa y me acarició los pechos abundantes y pesados. Me pellizcó los pezones mientras restregaba mis pétalos húmedos contra la longitud de su tallo sin tenerlo aún dentro.

Sus manos abandonaron el escote y marcharon a la cintura, en la que se agarraron fuerte para elevarme como si no pesara nada. Con gran maestría me volvió a bajar sobre sí, encajando a la perfección su erección con mi hueco de los deseos. Me dejó caer y la gravedad hizo el resto. Un frenesí loco se apoderó de mí, que empecé a saltar sin mesura ni prudencia, sobre su órgano más potente. Gemíamos y de su boca emanaba un resuello cálido que me acariciaba el cuello cada vez que la penetración llegaba a su punto álgido.

Yo saltaba como poseída contra él y…

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¿Repetimos?

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Relato de @rgiskard1

Es de noche. Hace rato que la luz del sol nos abandonó y fue sustituida por esa oscuridad de la que somos cómplices, tan solo rota por el centelleo de unas velas que reflejan las sombras de tu figura, danzando en la pared de la habitación.

Hace un momento que dejaste deslizar tus ropas por tu cuerpo, cadenciosamente. Sin aspavientos. Te deleitabas mirando la lujuria reflejada en mis ojos, creciente a medida que desaparecía la tela que te cubría.

“Mira y no te muevas”.- me habías dicho. Y yo, obediente, permanecía inmóvil, notando cómo la excitación se iba apoderando de mi por momentos.

“De carne y sexo” pintura del chileno Christian Zamora Rojas

Te acercas despacio y te sientas sobre mis piernas. La tela del pantalón no impide que note tu incipiente humedad, y disimula de mala manera la erección que oculta. Cruzas los brazos alrededor de mi cuello y me susurras al oído “No me toques todavía”. Comienzas a besarme. Con besos cortos al principio. Besos livianos, casi frágiles, que me permiten degustar el sabor y el tacto de tus labios.

Mis manos permanecen estáticas, pero en estado de excitación. Tus pechos se pegan a los míos, permitiéndome gozar de su consistencia y tacto.

Los besos han traspasado la barrera de las bocas, y nuestras lenguas se enredan y desenredan en un bucle, alternándose con pequeños mordiscos y aprisionamiento de labios.

Haces resbalar tus brazos, hasta alcanzar mis manos y las llevas hacia tus nalgas. Las aprietas por encima y respondo agarrando tu culo.

Arqueas la cabeza, al tiempo que te aproximas más a mi, notando la verga que esconde el pantalón. Te mueves ligeramente a su alrededor, cuando mi boca se apodera de tu cuello y lo besa con lascivia y pasión.

Sujetas mi cabeza mientras vuelves a besar mi boca. Mis manos ascienden por tu cintura, con los pulgares hacia dentro, hasta llegar a la altura de tus senos. Juego a la vez con ellos y con tu espalda, gozando de la tersura de tu piel. Tus pezones se han endurecido al contacto con la yema del dedo, que los presiona y mueve en círculos.

Comienzas a desabrocharme la camisa. Tienes paciencia y te lo tomas con calma, dejando resbalar tus dedos por el vello corporal. Retiras la tela parcialmente, aprisionándome los brazos y limitando mis movimientos. Mis manos se sienten huérfanas de ti cuando desplazas tu lengua por mi cuello. Quisiera atraerte y abrazarte fuerte, pero no puedo si no ansiarte y gemir, hasta que, finalmente, me liberas de esa prisión, quintándome toda la camisa.

Te atrapo y vuelvo a besarte. Con una mano sujeto tu nuca. Con la otra acaricio, estrujo y aprisiono tu trasero. Notas mis dedos, buscando todo tipo de contacto. Moviéndose indistintamente por las nalgas, la espalda y los muslos.

Te desligas de mi beso, y buscas el cierre del pantalón. Bajas la cremallera y liberas mi falo, envolviéndolo con tus manos, que inician un suave movimiento longitudinal y ascendente.

Nos incorporamos y, como puedo, termino de desnudarme. Alejo tus manos del miembro y me arrodillo, dejando tu sexo sin protección frente a mi.

Comienzo a besar el pubis. Mis manos se pierden a tu espalda, atrayéndote. Mis primeros besos te hacen dar un respingo y separas tus piernas, permitiéndome avanzar. Mi lengua se desliza con gula, buscando tu clítoris, y paladeando el sabor de tu excitación.

Dejas la timidez a un lado y apoyas una pierna en la silla, dándome pleno acceso. Tus dedos se enroscan en mi pelo, masajeándolo y apretándome.

Juego con todo. Mis labios y mi lengua no dejan rincón sin explorar, a la vez que mis manos te magrean a discreción.

Se te acelera el pulso. Aumentan los gemidos. Tus caderas se mueven al ritmo que marca mi boca y tus manos aprisionan mi cabeza, hasta que finalmente explotas en un orgasmo embriagador. El olor de la cera de las velas, se mezcla con el aroma de tu placer.

Te recojo en brazos, y te tumbo sobre la cama, con las piernas sobresaliendo del colchón y alrededor de las mías. Te como con la vista, mientras permanezco de pie mostrándote toda mi masculinidad.  “Follame” – me dices mientras tu mirada me reta.

Entro en tu interior sin resistencia, y comienzo a moverme con ansia. Te deseo tanto y me he calentado hasta tal punto, que la pasión es irracional. Una de mis manos se dedica a tus senos. La otra eleva una pierna, incrementando la superficie de contacto, mientras mi pelvis se balancea acercándome y alejándome una y otra vez.

Aprietas tu interior, y noto como mi placer va en aumento. “Para”.- gimo.- “Aún no”, pero tú no haces caso de mis súplicas y te enroscas, y aprietas y me ofreces la boca, incorporándote, hasta que no aguanto más y me derramo en tu interior.

Permanecemos así, segundos que parecen horas y minutos que son años. Todavía dentro tuya, rodamos y quedamos en paralelo, disfrutando de los últimos estertores fálicos.

Nos besamos y nos acariciamos con ternura. Durante un largo rato el único lenguaje que se escucha es el de nuestros ojos.  Y el silencio solo se rompe cuando una voz dice “¿Repetimos?”

Si te ha gustado este relato, te gustará también: Tócala

La chica del pelo rojo

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Stephen L. Haynes

Relato del escritor David Fouler

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Su melena cubría toda la almohada, era irreal, flotaba sobre ella como si alguien la hubiese colocado así a propósito, ¿cómo puede algo ser tan hermoso? El capricho de las sábanas esquivas hacía intuir las líneas de su cuerpo desnudo. Mostraban tan sólo lo necesario para sentir como un regalo ese momento previo a que despertase.

Esa fue la primera vez que estuvimos juntos, desde entonces nunca pude olvidar el recuerdo de ese pelo rojo en contraste con su blanca piel, el misterio de esos labios perfectos que conservaban el carmín de la noche anterior y parecían inmunes a mis besos; como si durmiesen en la pureza de un sueño que yo no era capaz de manchar.

Los pómulos de la chica del pelo rojo son dos manzanas de las que nunca te ves saciado, ella lo sabe y se aprovecha de ello para pedirme cosas. ¿Quién no querría mordisquear esos pómulos eternamente?
Una cosa que me gusta de la chica del pelo rojo es que ella me besa los ojos, es extraño, nadie me había besado los ojos, a ella le gustan y cuando hacemos el amor me los besa. Y lo hace despacio, poniendo todo su ser en ello, como si besarme los ojos fuera la mayor prueba de amor.

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Poesía onanista

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Hoy te raigo una de las poesías eróticas más bonitas, sugerentes y sutiles, que conozco sobre el onanismo y el erotismo en general. Observa que, además, es un grito desgarrador por un amor que no está presente.

En realidad es la letra de la canción “Dentro”, del cantautor, poeta, pintor… y en general, artistazo, Luis Eduardo Aute.

Te dejo una de sus interpretaciones en solitario:

Y otra junto con Silvio Rodríguez. A mi personalmente me gusta más esta:

Pero no dejes de leer la letra porque es ¡absolutamente fantástica!, para mi, una verdadera obra de arte literaria:

Dentro

A veces recuerdo tu imagen
desnuda en la noche vacía,
tu cuerpo sin peso se abre
y abrazo mi propia mentira.

Así me reanuda la sangre
tensando la canción dormida,
mis dedos aprietan, amantes,
un hondo compás de caricias.

Dentro
me quemo por ti,
me vierto sin ti
y nace un muerto.

Mi mano ahuyentó soledades
tomando tu forma precisa,
la piel que te hice en el aire
recibe un temblor de semilla.

Un quieto cansancio me esparce,
tu imagen se borra enseguida,
me llena una ausencia de hambre
y un dulce calor de saliva.

Dentro
me quemo por ti,
me vierto sin ti
y nace un muerto.

LUIS EDUARDO AUTE

         Y no te olvides de leer CAPRICHO DE PELO ROJO

Los matices de su lengua

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 “Uno más uno es 69″ (Raymon Quereau, escritor surrealista francés.)

69

Dibujo interpretativo del Kamasutra. India.

Volví a despertarme, esta vez no fue el sol, sino una oleada de placer sosegado que partía de las caricias que Pedro, muy laboriosamente, me hacía con la lengua en el pubis.

Era realmente impresionante la cantidad de matices del placer que Pedro era capaz de arrancarme. En mi duermevela, dejé que siguiera con sus caricias íntimas hasta que el corazón se me desbocó y la sangre se me envenenó de ansia de él. Le aparté de mi y le arranqué los calzones. Para entonces su polla era como un calabacín fresco, enhiesta y dura, terriblemente apetecible.

Me coloqué al revés sobre él, de rodillas; de forma que él quedó acostado bocarriba con la cabeza entre mis piernas y yo, desde esa postura, pude introducir todo su miembro en mi boca y chuparlo a placer, de arriba a abajo, mientras él seguía paladeándome con labios y lengua.

Me gustaba, me gustaba muchísimo y sabía que a él también. Cada vez que su lengua recorría mi clítoris, una descarga de energía placentera  circulaba por mi piel hasta instalarse en mis pezones y electrificarlos. Cuanto más me excitaba, más ganas de succionarle la verga me entraban y más rápido lo hacía; de tal forma que él iba soltado gemidos cálidos que yo sentía en el chocho y así el círculo vicioso se iba acelerando. Cada vez más excitados, nos comimos el uno al otro sin educación ni decoro. Pusimos en el plato manos, lengua y ruido.

Nuestras energías se fundieron tomando fuerza. La polla de Pedro se estaba poniendo tan dura que las venas se le marcaron de arriba a abajo. La mera idea de que me estallara en la boca me desquició; yo misma iba a explotarle a él en la cara.

Y así fue como mis convulsiones internas se tradujeron en las suyas externas. Mientras él paladeaba todo el placer que yo iba destilando, a mi se me llenaba la boca de su más íntima viscosidad, que tragaba y tragaba sin apenas dar abasto. Nos bebimos a sorbos de gozo, el uno al otro, sin tregua, sin descanso. Nos sorbimos el amor que nos sobraba para volver a reciclarlo en nuestros corazones.

Caímos rendidos el uno junto al otro. A veces creía que los excesos de temperatura a los que mi cuerpo se veía sometido por causa de Pedro no podían ser beneficiosos. Pero después me decía que mi cuerpo era fuerte y saludable y que podía aguantar tantos encuentros con Pedro como el suyo aguantara con el mío.

Fragmento del libro CAPRICHO DE PELO ROJO de Marietta Muunlaw que puedes adquirir aquí.