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Archivos de etiqueta: cuento erótico

Inocencia

10 viernes Ene 2014

Posted by mariettamuunlaw in Cuento Erótico, Relato erótico

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Relato erótico de Marietta Muunlaw.

(Va por ti, primo.)

Captura de pantalla 2014-01-10 a la(s) 23.25.25Todos me decían que era una niña y por edad realmente lo era, pero yo me sentía una mujer. Mientras mis amigas de clase jugaban con muñecas y dormían con peluches, yo miraba a los hombres y soñaba que me arrullaban en sus brazos.

Por supuesto que no sabía nada de sexo, pero comenzaba a interesarme.

Por aquel entonces, mi primo, que me llevaba tres años, era mi mejor compañía, mucho más que la de mis hermanos. Congeniábamos y nos llevábamos bien. Además, vivía dos casas más allá y solíamos ir juntos al colegio y jugar en la calle.

Una soporífera tarde de aburrimiento decidí ir a buscarlo a su casa. Estaba solo viendo algo en la tele.

–       ¿Qué estabas viendo? – le pregunté curiosa.

–       Nada, una peli – contestó evasivo.

–       ¿Qué peli? – insistí.

–       Nada que pueda interesarte, cosas de chicos.

–       Si es de chicos seguro que me interesa.

Conseguí engañarle y quitarle el mando del vídeo. Puse la película y logré entender que no quisiera contármelo. Estaba viendo una película porno, algo que yo ni siquiera sabía que existía. Me quedé con la boca abierta, llena de expectación ante las imágenes obscenas y adictivas que mostraba la pantalla.

–       Haaaala – exclamé – déjame que la vea contigo.

–       Mmmm – dudó, pero sabía lo testaruda que era – Bueno, vale, pero de esto ni una palabra a nadie ¿me entiendes? A nadie.

–       Qué sí jolín, entiendo.

Yo por entonces creía que hacer el amor era meterse un hombre y una mujer entre las sábanas, restregarse y darse unos cuantos besitos, pero aquella película me abrió los ojos a un mundo apasionante.

En la tele se mostraba cómo la mujer le comía un pene descomunal a un hombre totalmente depilado. Me moría de la curiosidad y, como teníamos confianza, quise saciar mi curiosidad haciéndole preguntas a mi primo.

–       Oye ¿tú la tienes así?

–       ¿Así cómo?

–       Así de grande y de pelada.

–       ¡Qué va! Los actores porno siempre tienen una polla gigante, los tíos normales la tenemos más… normal. Además, a mi aún me tiene que crecer. Y pelada… no, pero tampoco tengo mucho pelo ahí, todavía.

–       Oh ¿y qué le va a hacer ahora él?

–       Le va a comer el conejo, a las tías parece que les gusta mucho, o eso parece en las pelis ¿Ves? Mira qué cara pone y cómo gime.

–       Me están entrando cosquillas ahí – reconocí abiertamente con toda mi inocencia.

–       Sí, a mi también – contestó él, también inocente.

–       ¿Y ahora? ¿Qué hacen? – no me podía creer que lo que sucedía en la pantalla. El hombre metió su polla en el conejo de ella, era algo… totalmente nuevo para mi.

–       Pues están follando, haciendo el amor, eso es lo que hacen los mayores por las noches.

–       ¡Qué fuerte! ¿No?

–       Les gusta mucho, debe estar guay.

–       Sí, debe ser muy chulo. ¿Tú has hecho eso? – me parecía que sabía demasiado del tema.

–       ¡Qué va! ¿Cómo voy a follar yo a mi edad? Eso es cosa de mayores, lo que pasa es que he visto la peli varias veces. Se la pillé a mi hermano, pero no digas nada ¿eh?

–       Que noooo, pesado.

Me estaban entrando unas cosquillas tremendas entre las piernas, era algo radicalmente nuevo. Me dieron ganas de tocarme, pero me contuve. En el fondo deseaba ser yo la mujer de la pantalla, notar cómo me penetraba una polla así de grande y poner las mismas caras de placer que ponía la tipa. Fue cuando se me ocurrió la idea. Lo miré  con mi cara de inventar trastadas y se lo pregunté.

–       Oye ¿y si probamos nosotros?

–       ¿Hacer… eso?

–       Sí, no sé, por ver como es.

Vi cómo su cara se desfiguraba un poco, creo que se debatía entre si decirme que sí o que no. Estaba tanteando dentro de su mente si aquello estaba bien o mal. Le di otro empujoncito.

–       Si no nos gusta a alguno de los dos pues lo dejamos y ya está. Parece que a esos de la peli les está molando un montón – le dije persuasiva.

–        No sé tía, es que igual no está bien.

–       ¿Qué hay de malo?

–       Es que en mi clase no lo ha hecho nadie aún.

–       Es que no tenemos que decírselo a nadie.

En ese momento de la película, el hombre penetraba con ansia a la mujer y las caras de ambos eran todo un poema de placer. A los primeros planos de las caras se le iban intercalando planos cortos de la penetración en sí: la polla saliendo y entrando del chocho mojado, así como el movimiento bamboleante de las tetas de ella con cada envestida.

Mi primo miraba la tele, luego a mi. Tiempo después supe que estaba casi tan excitado o más que yo.Captura de pantalla 2014-01-10 a la(s) 23.33.33

–       Venga vale, vamos a probar, pero si te hago daño paramos.

–       Ok, o si te hago daño yo a ti.

Me quité las braguitas y me subí la falda del uniforme del colegio, dejando entrever mi pubis de bello incipiente. Él se quitó los pantalones y los calzoncillos y pude contemplar, por primera vez…

 

Puedes leer este relato completo en TRAS LA ESTELA DE EROS. Una recopilación de mis relatos más eróticos y sensuales que te hará palpitar.

¡A la venta el 12 de julio!

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Tócala

26 jueves Dic 2013

Posted by mariettamuunlaw in Cuento Erótico, Relato erótico

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Pintura de John Markese

Pintura de John Markese

Volví con el postre y ya no estaba. Escuché un leve acorde que procedía de la habitación del fondo; ese cuarto lleno de trastos, libros y cables donde componía, estudiaba y hacía mi vida en realidad.

Se encontraba sentada en el sofá destartalado que estaba situado bajo la ventana, ese del que había despertado una y mil veces después de una madrugada de intensa creatividad.

Se había desnudado por completo y, con mi guitarra sobre sus rodillas, apoyaba su linda carita de niña revoltosa en su caja de resonancia, como con sueño. La luz de la luna se colaba caprichosa, tamizada por la cortina, e iluminaba su piel blanca de algodón virgen, así como la piel de miel densa del instrumento.

Sus ojos de hielo frío, de un azul de fuego fátuo, evanescentes, me atraparon desde la penumbra.

– Tócala – dijo y su voz, no sonó a su voz, sino a la mía, la que uso para hablarme a mi mismo a diario.

Tócala – repetí mentalmente y no supe responderme a mi mismo si se refería a mi guitarra, como tantas y tantas noches, o a ella.

Ese día perdía el instrumento. Acaricié despacio el contorno suave de la madera fría de la guitarra, pero la miraba a ella y ella me miraba a mi y el deseo le bullía en los ojos. Se le escapó un suspiro apenas imperceptible. Yo notaba el calor tibio de su cuerpo y el sutil aroma que desprendía.

– Tócala – volvió a decir – yo no sé.

Y me seguía pareciendo que se refería a ella misma, pero no, hablaba de la guitarra. Me situé tras ella, y abrazando a ambas, agarré el mástil y las cuerdas. Con mi pecho aprisionando su espalda desnuda, apoyé la barbilla en su hombro y arranqué al instrumento una melodía lenta y sugerente. La música hizo vibrar la caja de resonancia y el cuerpo de ella, como si fueran uno, como si se hubieran fundido.

No supe qué era madera y qué era piel. No supe de quién surgía la música, si de ella o del instrumento. No supe a quién le haría el amor esa noche, si a la chica o a la guitarra.

Me dejé llevar por la magia de la melodía, del vino, de la oscuridad, de su aroma… y toqué lo que ya hoy ni me acuerdo que toqué. Solo sé que un mechón de su pelo dorado me rozaba la mejilla y que su cuello me estaba invitando a una mordida intensa. Sin dejar de hacer la música acerqué mis labios a su hombro y lo lamí como si fuera un manantial de aguamiel. Ella suspiró y se retorció bajo mi abrazo. Deslicé mi boca hasta su cuello dejando un rastro de saliva que me olía a promesa. Mis labios ardientes se encontraron con los suyos, que hervían, si cabe, aún más que los míos. Nos dimos un beso denso y eterno de lenguas perezosas y dientes ansiosos. Mis manos seguían desgarrando las cuerdas en una melodía con sentido, lo sé porque escuchaba la música, pero mi mente andaba perdida, deambulando en la magia de su aliento.

Aliento que me tragaba a borbotones cuando no le insuflaba yo el mío. Sus manos delicadas de dedos finos pero firmes, fueron subiendo hasta mi entrepierna, fue cuando las mías se quedaron mudas. Le fui infiel a mi guitarra, sabía que eso sucedería desde el momento en el que entré en aquella habitación de hechizos contenidos. La dejé en el suelo.

Sin dejar de besar a la beldad de cuello sugerente, deslicé mi mano desde su vientre hasta su secreto húmedo de sal y limón y lo encontré derritiéndose de placer. Gimió, esta vez más fuerte, y se retorció sobre sí misma como una gatita que ronronea.

Pero no era una gata el monstruo que albergaba en su interior, llevaba en el cuerpo una verdadera pantera, ardiente y fogosa, que casi me devora sin dejar de mi más que el dolor del recuerdo de esa noche tan especial.

Se volvió clavándome sus zarpas  y me obligó a tumbarme en el sofá, donde me abrió la camisa de un desgarro que hizo saltar los botones. Me bajó los pantalones y así, ella desnuda por completo y yo medio vestido, me cabalgó como la amazona incansable que era, mientras bebía de mi saliva y me mordía los labios.

Cuanto más se movía, menos hálito me quedaba y más intenso era el placer que me proporcionaba. Empecé a temer por mi agitado corazón, pero pronto entendí que se estaba desbocando para deshacerse de las penas acumuladas durante años.

Mis ojos no se podían desprender de su mirada hipnótica de bruja de las cavernas, esa muchacha no podía ser real y, si lo era, no podía ser de este mundo.

Pensaba esto y su rostro es desfiguró en una mueca extraña y en un abrir de boca desproporcionado. No gritó, lo suyo eran aullidos locos de placer profundo. Un placer que parecía proceder de las mismísimas entrañas de su tierra húmeda.

Pero no se detuvo, en lugar de eso, continuó bailando conmigo dentro, a un ritmo más exacerbado. Y el ritmo de su caja de resonancia me arrancó a mi mismo tremendos espasmos de deleite, que dispararon al interior de su carne latente. Me vertí en su interior y me perdí para siempre.

Fui incapaz de olvidarla. Cada vez que toco la guitarra mis manos recuerdan sus contornos. A veces pienso que toda la música que creo desde aquella noche, es solo para ella.

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